Nuria López Priego
/Diario Jaén 8-9-11
Después de 25 años casado, 'con 50
años, tres hijos y toda una vida de trabajo como
pintor', Juan Pablo Campos se encuentra en la
calle, durmiendo en un coche y sin nada. Su
mujer lo dejó por otro hombre y, ahora, él tiene
una orden de alejamiento. Sus vecinos, sin
embargo, reúnen fondos para que el bailenense
logre la custodia de sus hijos.
Entre los grifos de cerveza del bar de la
Estación de Autobuses de Bailén, hay una hucha
de latón en la que, debajo de la fotocopia de un
DNI, se lee: “Amigos y vecinos, todos conocéis
mi situación. Actualmente, me encuentro
durmiendo en mi coche y sin trabajo. Necesito
una ayuda para tener un techo donde dormir y
poder conseguir la custodia de mis hijos”. Es el
drama resumido en dos frases de un hombre, Juan
Pablo Campos García, que, “a sus 50 años, con
tres hijos y toda una vida de trabajo como
pintor” —sintetiza el propietario del
bar, José Carlos Álvarez—, se ve, ahora, en paro
y en la calle, después de que su mujer lo dejara
por otro hombre y comenzara la tramitación de un
divorcio que “ya está firmado” y que él asegura
haber intentado evitar a toda costa.
Tras 25 años casado, su fortuna se empezó a
torcer “un 13 de diciembre de 2010”. Ese día
—explica en un correo electrónico—, “la que por
entonces era mi mujer me confesó que lo nuestro
se terminaba y me presentó al que, desde hacía
no sé cuánto tiempo, había sido su amante: mi
mejor amigo, que también estaba casado”. Después
de hablarlo, le ofreció olvidar lo sucedido.
Pero —continúa el bailenense—, “mi mujer y mi
mejor amigo decidieron marcharse de sus
respectivos hogares y empezar una nueva vida
juntos”. De repente, Juan Pablo Campos García se
vio solo con sus tres hijos y con su suegra, que
“siempre” había compartido el hogar con ellos.
“19 días” después, sin embargo, su mujer llamó a
su puerta. “Quería volver al hogar como madre y
no como esposa”, relata Campos García. Pero él
le propuso intentar rehacer el matrimonio. “Y
ella aceptó”. Afirma que, durante un tiempo,
pareció que las aguas volvían a su cauce. Pero,
“dos o tres meses”, reapareció su antiguo amante
“y, de nuevo, se repite la historia”. “Pero,
esta vez —lamenta—, la situación empeora”. Su
esposa lo denunció por acoso ante la Guardia
Civil. “Consiguió —se queja Campos García— que
me impusiera una orden de alejamiento, que
impide que pueda acceder a la que durante 25
años fue mi hogar”. La mujer le planteó que se
fuera a vivir a una casa de campo de la que le
corresponde una parte, aunque es propiedad de su
suegra, y así lo hizo. “Allí estuve durmiendo
tres meses aproximadamente y, durante el día,
venía a Bailén a buscarme la vida para poder
comer y salir adelante yo solo” —Juan Pablo
Campos García perdió su trabajo en noviembre del
año pasado—. “Pero, entonces, mi mujer me volvió
a denunciar alegando que había quebrantado la
orden de alejamiento y acabé detenido”. Pasó una
noche en el calabozo. “Jamás pensé verme así.
Ver mi orgullo por los suelos, como si de un
delincuente o un maltratador se tratara”,
escribe dolido. Cuando regresó a la casa de
campo, descubrió que habían cambiado la
cerradura y se encontró de repente en la calle,
sin nada.
Desde hace “un mes y pico”, Juan Pablo duerme en
un coche. “Durante el día, doy vueltas, busco
trabajo... De vez en cuando, me sale alguna
chapucilla, pero estoy perdido”, comenta.
Después de agotar la prestación por desempleo,
recibió los 420 euros del Gobierno de Zapatero.
“De ella, 300 euros eran para mis hijos”,
apunta. Con los 120 restantes tenía que hacer
frente a la mitad del préstamo que comparte con
su mujer por las obras de reforma que le
hicieron a la casa hace cinco años. Pero, en
estos momentos, ni siquiera cobra ese dinero.
“He tenido que renovar la ayuda y, hasta
octubre, no cobraré”. Mientras tanto, vive de la
“ayuda” que recibe de su hermano y de amigos. En
el bar de La Estación, José Carlos Álvarez le
ofrece siempre algún plato del menú del día; en
otro establecimiento, le permiten asearse y,
desde hace dos semanas, con una hucha se intenta
reunir dinero para que el bailenense pueda hacer
frente al préstamo y sus hijos —cuya custodia
persigue— no se vean en la calle. “Y la gente
está colaborando”, afirma el dueño del bar.
“Juan Pablo es muy buena gente y el que lo
conoce sabe que no es capaz ni de matar a un
mosquito”.
Fuente DIARIO JAÉN 8 de septiembre 2011
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