SIN TROFEOS
¿A quién no le gusta que reconozcan su labor?. Da igual en qué,
opino.
Cada uno tiene cierta habilidad para algo y queda a la suerte de
encontrarlo y a su empeño el lograr desarrollarlo con eficacia.
Luego, en ello, el que se tenga un don especial que logre
activar el boca a boca y de ahí a que se extienda a un espacio
más o menos apropiado y gobernable, pues muy bien, porque eso es
lo que intentamos todos. Y en temas de lo más variado, aunque
los más mediáticos sean generalmente los deportivos al ser donde
se prenden y propagan las noticias como la pólvora y puede subir
la fama como la espuma.
Casos con nombres y apellidos en el ámbito local, nacional,
internacional incluso, conocidos de todo el mundo al mencionarse
a menudo en t.v., prensa o radio.
Lo que ocurre es que hay temas y temas.
Temas de sumo interés para la mayoría -deportivos, del corazón,
series televisivas, etc…-, temas que interesan a poca gente, y
temas que no interesan a nadie.
Imagino que ser un superdotado, un número uno, en un tema que
interese a poca gente, o a nadie, jode. Es lógico.
Ver que otros son venerados con un esfuerzo casi nulo, con poca
preparación, porque hayan acertado en un tema de preferencia
masiva –criticable o no- tiene que joder y mucho, tanto que
quizá deprima o de gana de tirar la toalla.
El no aceptar las cosas como son es un problema personal de cada
cual, tanto si concierne al ego, o sólo por equitativa justicia,
ambos erróneos, en mi modesta opinión.
Yo, en mi caso, y en mi profesión, en muchas cosas de las que
hago –visibles, palpables todas- pienso que soy, me siento, un
número uno, y para colmo algunos –ajenos- me lo recuerdan. Pero
lejos de sentirme altivo y endiosado sigo descendiendo a lugares
donde otros –del número dos al infinito- actúan y de ellos, de
su humildad, “la mía”, suelo tomar nota.
Porque bien está que algunos me celebren, que en su razón o
ignorancia me llamen número uno, y que me guste, ¡cómo no!, pero
nunca lo seré porque yo públicamente lo diga.
Aunque hay sobradas muestras que lo atestiguan.
Y aunque muchos, muchos, demasiados, ni las conozcan.
Juan Risueño Lorente