REYES DE LO SUYO
Si hay algo a lo que en mi querida, ante todo, ciudad de
Bailén no acabo de acostumbrarme es a dejar de seguir
buscando personas en quién confiar y en su ayuda o apoyo
desinteresado.
Lo achaco a mi forma de ser, al ir quizá con el corazón
demasiado a la vista y a veces en la mano. Y aquí en
ésta ciudad –no sé si en otras- no es el modo más
adecuado.
Ya me ocurrió en mi trabajo cuando veinteañero al
principio de los ochenta formé mi empresa de
construcción y las empresas de entonces no me dieron ni
agua, en el total sentido de la expresión, ni yo se la
pedí, por cierto.
Bailén es un lugar –que se salve quién pueda o deba- de
gentes que disfrutan más con el mal que con el bien
ajeno. Ya puede hacer cualquiera primores, mil cosas
bien hechas, dignas de algún mínimo reconocimiento, que
no verá el más leve atisbo de ánimo, de crítica
constructiva, y menos darle algún pie para que en ese
don que ejerza esté al cien por cien de creatividad y
ganas. Y sí, en cambio, les verá al más diminuto fallo o
contratiempo en su salsa, o sea poniendo orejas de
elefante para no perderse ni una sílaba del chismorreo
con la carcajada dispuesta.
Ya se sabe que al que está asentado en su idea de ser y
entender el mundo le molesta cualquier zumbido,
cualquier mortadelo disfrazado de gusano que pretenda
colarse por las rendijas de la puerta. El sitio está
ocupado y sólo queda darle a probar de su propia
medicina para que ese rey ejerza, o despierte, o
espabile, o se vaya a su casa a hacer puñetas.
Bailén es una ciudad difícil para el creativo de
cualquier ámbito, imposible si su ángel no cae en gracia
donde debe.
Aunque siempre hay personas que se salvan, y en lo
cultural, de una de ellas quiero dar públicamente una
muestra de afecto por su desinteresada ayuda: Rafael
Moga Camacho.
No sé si éstas palabras sí verán la luz en tu espacio,
Jose Luis, y si es así gracias, y si no es así gracias
igual (en mi blog mando yo, y tú en el tuyo, es lógico)
Juan Risueño Lorente