Querida amiga:
Te escribo en esta plácida tarde de
otoño donde todo el paisaje me invita al recogimiento y
quiero desnudar mi alma como la rama se desnuda de la
hoja. Me fascina observar el proceso de la naturaleza
donde el árbol renuncia a su antiguo ropaje, se despoja
de todo abrigo para cuando llegue la primavera, lucir de
nuevo sus delicadas prendas. Tú mejor que nadie conoces
mi gusto por la lírica, y mi tendencia al silencio en
los momentos especiales. Este es un instante donde mi
corazón se dispone a elegir las palabras más precisas y
preciosas para que te lleguen con la suavidad de una
brisa.
Considera esta carta como una señal
de que estoy recuperando las ganas de escribir y como
una muestra de agradecimiento a la ternura y cuidados
que has dispensado a mis hijos y a mí durante una época
de mi vida en la que tanto necesitaba la fuerza y el
amparo de la amistad.
Me gustaría tener la sabiduría del
árbol que se despoja de sus hojas quemadas por el sol y
tiene el coraje de desprenderse de ellas y permitir que
aflore savia nueva. Cuántas veces llevamos en nuestra
alma hojas enmohecidas, hojas que han perdido la
tersura, el color, y que se convierten en una masa
compacta deteniendo el vuelo natural del alma.
Durante demasiado tiempo he sentido
esa carga pesada en mi alma esperado primaveras que no
llegaban. Recuerdo el día que me sorprendió hasta llorar
de emoción la aparición de un retoño de árbol en el
jardín de casa. Era un ciruelo que no llegó a crecer
mucho y sin embargo me ha ayudado tanto a crecer…Cada
estación del año me revelaba un secreto, me aleccionaba
con su ejemplo cómo debía seguir cuidando de mis raíces.
En otoño, mi árbol guardaba silencio y se preparaba para
el duro invierno…con la esperanza de la primavera. Sin
embargo, no siempre estaba yo atenta a sus enseñanzas.
Mis inviernos no traían esplendor…
Bien sabes querida amiga, que me
refiero a una etapa determinada de mi vida, la más
importante y la más dolorosa.
Todo parece sencillo: conoces a un
hombre, creas un hogar, nacen los hijos y lo haces todo
con esa ilusión, con esa alegría que nace del corazón y
que parece lo más hermoso que vas a hacer en tu vida. Le
das valor a tu casa, a la responsabilidad que conlleva
vivir con otra persona que además y por encima de todo
quieres con toda tu alma…después llegan los hijos y con
ellos la bendición de Dios: “Tu mujer será como una vid
cargada de uvas; tus hijos, alrededor de tu mesa, serán
como retoños de olivo…” qué hermosas palabras y qué
sentimiento tan sublime.
Los hijos alrededor de la mesa, dando
gracias por el pan de cada día, con sus ilusiones, sus
juegos, las manos de su madre acariciando su delicada
alma…y la sombra, el miedo, la amenaza, más sombra, más
miedo, más... todo menos el cariño y el amparo de su
progenitor.
Dime amiga mía,¿ cómo es posible
entender esta paradoja, esta tragedia? Tú sabes cuánto
tiempo he dedicado a pensar desde todos los puntos de
vista posibles a qué se debía lo que estaba ocurriendo
en mi hogar. Cuántas tardes, noches, mañanas, dando
vueltas sin hallar explicación ni respuesta a ese
sufrimiento. Mis hijos alrededor de la mesa, qué imagen
tan hermosa, dando gracias por el pan y el pan era
piedra que los atragantaba.
A veces nos ocurre a los seres
humanos, que cuando no entendemos por qué no nos
quieren, nos sentimos culpables e intentamos redimir
nuestra falta, error o si me apuras pecado, cambiando
nuestra forma de actuar, para comprobar si de esta
manera somos dignos de que nos quieran. Si antes
estabas pendiente de las cosas, ahora no se te escapa un
detalle, hasta te vuelves más reservada (para no
equivocarte), si la casa estaba limpia, más limpia, si
los niños molestaban los acuestas temprano, si tenían
ganas de hablar o de jugar, les condicionas el momento
para que nada altere al hombre que nos tiene
atemorizados.
Recuerdo querida amiga, cuántas veces
me decías que nos fuéramos de la casa, que nos ofrecías
tu ayuda, tu casa, los cuidados; que no estabas
tranquila sabiendo que nuestras vidas corrían peligro. A
veces yo
me enfadaba contigo porque sentía que
me presionabas a dejar mi hogar y al hombre que tanto
había querido. No se trata de irnos a tu casa, te
contestaba. Se trata de que tengo que saber por qué pasa
lo que está pasando. Ahora comprendo cuán grave fue mi
error. Es como si la casa se prende fuego y yo me dedico
a pensar en las causas del incendio en vez de salir
corriendo… Cierto es que el fuego mismo hace que te
alarmes, es un peligro que todos sabemos existe y
también conocemos sus consecuencias, pero es impensable
reconocer que estás en peligro viviendo con una persona
con la que has creado unos lazos de amor, con la que has
establecido un proyecto de vida, de la que has concebido
unos hijos…
Es increíble el sufrimiento que
podemos llegar a soportar las personas e increíble
también la capacidad de ocultar ese dolor, de negarlo o
encerrarlo en el lugar más recóndito de nuestra alma,
para sobrevivir. Intentas cada día superar el día, no un
obstáculo, un peligro concreto, superar un día entero
con su noche, también entera. Sin tregua, sin intervalo,
sin armisticio. Sin un segundo donde la hostilidad, la
contienda, la agresión se suspendiera, cesara, para
tomar conciencia de qué ocurría en mi hogar y tomar
decisiones que ayudaran a cambiar el estado de
supervivencia, por el de una vida sin extras de
resistencia. En ocasiones, cuando veía o escuchaba
noticias sobre la guerra, o cualquiera de las muchas
injusticias que suceden en el mundo, sentía que mi hogar
estaba en peligro como si se tratase de una invasión
enemiga, y no era otra cosa que el asedio de un hombre
que pretendía destruir los pilares de su propia casa.
Con el tiempo me convencí de que teníamos al enemigo
cerca; acechando, asediando cada movimiento y
haciéndonos pagar el hecho de existir como si nuestras
vidas dependieran de su voluntad. Un cerco del cual sólo
te puedes librar huyendo de esa voluntad malvada.
Nunca olvidaré el día que nos fuimos
de casa. Esa tarde ocurrió un hecho, que me hizo
reconocer el riesgo que corríamos si permanecíamos más
tiempo allí. Te llamé por teléfono con el grito en la
garganta y me dijiste que esa misma noche tendríamos un
destino lejos de casa y de la ciudad. Fue entonces
cuando me di cuenta de que teníamos que huir como del
fuego. Había que alejarse deprisa, el peligro era
inminente.
Ya no me servían los argumentos, ni
las reflexiones; me había quedado sin palabras, sin
fuerzas para combatir en el campo de batalla defendiendo
lo indefendible. Teníamos que salir corriendo, sin
equipaje, sin alertar al enemigo, sin mirar atrás…
cruzar el umbral, sólo eso y darnos la oportunidad de
sanar nuestras alas enfermas y volver a planear por
otros cielos. En la puerta de casa nos esperabas con tu
coche y nos llevaste a la estación. Mientras esperábamos
el tren, miré al cielo y pensé que su manto nos
cobijaría durante la noche. Los niños estaban nerviosos
por la rapidez con la que salimos de casa y a la vez
expectantes por la aventura. No tardaron mucho en
dormirse con la monotonía del tren. Yo observaba sus
leves movimientos y rezaba en silencio un padrenuestro y
otro… “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el
cielo”.
Amanecimos en la estación de Linares
Baeza donde nos esperaban tus padres. Nos bajamos del
tren casi de un salto. Lo primero que hice fue pensar en
ti y agradecerte en silencio y desde el corazón esa mano
amiga al servicio de los milagros (sonrío).
Al día siguiente, como recordarás, te
llamé y me dijiste que no me preocupara que todo el tema
de la separación estaba en manos de nuestra compañera de
gabinete. El proceso está siendo duro, lo sabemos, pero
el cerco, el asedio en si mismo es una cadena perpetua;
así pues confío en la justicia y en la vida.
En casa de tus padres estamos muy a
gusto, llevamos ya seis meses con ellos y no quieren ni
que piense en irnos a vivir a otra casa. Me conmueven
las muestras de cariño que cada día recibimos de ellos y
lo feliz que veo a mis hijos en su nueva vida.
Me llamó la atención, querida amiga,
que de pronto, casi al instante, el cuerpo y el alma
notaron el aire nuevo y sano del nuevo lugar y lo
agradecieron volviendo a dibujar una sonrisa, tararear
una canción, valorar los miles de detalles que te ofrece
el día a día y sembrando con esperanza el futuro.
También he notado que el miedo al escuchar la llave que
abre la puerta de la calle, va desapareciendo poco a
poco. Eso es lo que más me está costando vencer. Cada
vez que escuchaba ese leve ruido, se me contraía el
estómago como si tuviera un piloto automático y el miedo
me paralizaba.
Cuando veo a tus padres tan cariñosos
con nosotros y los escucho destacando algunas de las
virtudes de mis hijos, por ejemplo, lo educados que son,
lo simpáticos, lo guapos, pienso en la pesadilla en la
que hemos vivido, siento que casi hemos estado a punto
de perder la visión de nosotros mismos, no te diré
pérdida de identidad, pero a base de machacarnos, en
cierto modo nos ha quedado una imagen distorsionada.
Verás que hablo de los niños y de mí como unidad, como
un todo y se podría pensar que seguramente con ellos
haría una excepción por ser sus hijos. Podría haber sido
así, pero no lo fue. Para el dañino todos éramos una y
la misma pieza. El depredador desestabiliza a una de sus
víctimas a sabiendas de que todas se descomponen.
Esta carta te la debía, me la debía,
se la debo a esta misteriosa estación otoñal donde la
luz invita al recogimiento, una luz que me hace sentir
especial, como un ángelus, como un cuadro de Rembrandt
cuya imagen o figura, brilla entre las sombras…también
se la debo a mi árbol que aunque no lo tengo conmigo,
quiero que sepa que al final aprendí la lección: es
necesario despojarse de todo aquello que nos impida
retoñar, cuando la primavera pase por nuestra alma.
Espero que mis palabras sean como mi
voz, esa que siempre comparas a la campana de una ermita
y darte la alegría del compartir que es nuestro mayor
gozo.
Recibe un abrazo entrañable en nombre
de nuestra amistad.
Tu amiga del alma…
Carmen Sampedro
Linares, Otoño de 2011