No dejo de
sorprenderme cada día.
Uno cada día no deja
de sorprenderse. Tengo por costumbre no comentar a nivel
público lo que suele acontecer en los medios de
comunicación, pero en este caso es la gota que colma el
vaso.
Dar premios siempre es bueno y
además recomendable para las relaciones sociales entre
iguales; pero cuidado con los nombres y a los hombres y
mujeres que se les dan pues todos no somos merecedores
de un público reconocimiento (a mi entender, claro).
Sin duda me declaró Bailenense,
físicamente y de corazón. Pero cuál es mi amarga
sorpresa cuando leyendo la información de que en la
entrega de los premios Caecilia de este año, se le ha
otorgado el premio de “Bailenense del año”, ni más ni
menos, a una señorita que su labor para ser bendecida
con el premio es salir en una revista nacional (casa en
cueros) y en un programa de televisión que a nivel de
ciencia ficción estaría bien, pero para algo más lo
dudo.
La vergüenza radica en que ser
Bailenense y además del año debe de entrañar algo más
profundo, más meritorio. Por esa misma regla de tres el
año que viene seguro que se lo dan al asesino que más
salga en el periódico o en las noticias de televisión.
Para mi modesta pero sincera
opinión, Bailenenses del año son todas aquellas personas
que teniendo en cuenta el estado económico y social del
momento son capaces de llevar un plato de comida a sus
hijos, mujeres, abuelos y además son capaces de
regalarte una sonrisa cuando por dentro seguro que le
perturban miles de inquietudes; esos son mis paisanos
del años, mis Bailenenses.
José L. C. Lijarcio.