Mear fuera de tiesto

 

Los nudillos rotos, las manos ensangrentadas y nadie abre cualquier puerta.

Favorecidos son aquellos que navegan sin remar, ven el paisaje con tiempo de sobra.

De no atreverme a entrar donde no me llaman viene el quedarme afuera, pincharme la tierra dura o tener barro en mis pies descalzos.

 

Perdonen, si ahora estoy dispuesto.

 

A saber de mundo enseña el mundo, el idioma de la calle no se aprende en la academia, el talento sólo atiende de uno en uno.

 

Y algo falla si ni a gritos me llamo.

 

¡Ah, quizá sea uno de ellos lo que quieren!. Empezar de recadero, luego aprendiz, criado, mayordomo, jefe de la caterva, que no de la casa aunque domine la casa.

Y yo voy detrás de mi palabra, forma visible que se parece a mí, y habla, hablo del frío, del calor, de los cuerpos mojados, exhaustos, de los desfavorecidos, e insisto en entrar, y a lo mejor, más ofuscados que indiferentes, echan sal al café, o beben vinagre con el pollo frito, o se ponen el puro encendido en la boca al revés, y vuelvo a ganarme otra patada en el culo.

 

Y mientras, crezco y crezco como una hierba entre las rajas de las baldosas de las aceras, espero y espero confiando en la voz animosa de los ciertos, desconfiando de las sonrisas pegadas, de las bocas de los buzones que se abren, tragan y se cierran sin un resquicio a la esperanza, esperanza que sigue como en un décimo que no me toca nunca porque mi número, sé –creo-, no está en el bombo.

 

Suerte que hay alegrías en los lugares donde sí hablo desde dentro que suelen celebrar que no todo es sacrificio.

 

Juan Risueño Lorente

 


 


 

 

 

 

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