LA CIUDAD SOLA
El deseo y el corazón difícilmente van de la mano.
Lo que se quiere y lo se debe están a menudo enfrentados y con
la vista puesta en distinta dirección.
El buscar afuera la ganga que ni tan siquiera intentamos cotejar
dentro, el seguir beneficiando el comercio exterior en
detrimento del nuestro es tirar piedras y más piedras para
arriba a sabiendas que alguna, antes o después, nos caerá
en la cabeza. Eso lo sabemos todos.
También que un problema enraizado, fosilizado, por el que
durante años y años nadie ha hecho nada por remediarlo se
agudiza en tiempos de crisis. El no haber apostado por crecer,
por otro tipo de industria nos deja solo con la ruina de la que
hay, y la del resto porque dependía cien por cien de ella.
Aquí sólo se apostó por el trabajo que creaba riqueza, y no por
las nuevas ideas que crearan trabajo.
Ahora se aboga por lo que nunca, abiertamente, ha importado.
Crear un vicio, una costumbre, es fácil y erradicarlo, atraer a
la gente, tarea de
muchos, y unidos, cosa que aún no hay.
El estar apañados, el haberse apañado siempre con lo que había
-mucho para todos- deja ahora el haber de apañarse con lo que
queda –poco para casi nadie- . Perdonen si con esta trillada
evidencia local sólo busco palabras difíciles de tragar.
La gente llama a la gente. Es así aunque nos de rabia. Y mucha
gente, unos gastando más y otros menos, siembran riqueza,
ilusión, refuerzan la base para seguir adelante.
La soledad, en cambio, provoca frío.
Juan Risueño Lorente