JUICIO PREVIO
Hay costumbre en las aldeas, los pueblos, las ciudades pequeñas
-la mía-, quizá porque no es nada conveniente que demasiada
gente se conozca tanto, de matar al villano de cualquier triste
historia sin ningún juicio previo.
Villano que ya no es el cacique de siempre, malo sólo por
excelencia, sino aquel inimaginable que provoca exclamaciones
tales como: “Noooo me digas”, “Virgen Santísima, eeeese”, “Me lo
estás contando y noooo me lo creo”, “Madre del amor hermoso...”.
Inimaginables, tratados hasta el mismo instante de su
desvelamiento, como amigos del alma, vecinos de toda la vida, o
gentes que, conocidas o no del todo, eran dignas de toda
confianza.
Desatada la tormenta, bien acomodado el fulano en la boca de sus
ojos, en los cuchicheos a su sombra, en su despelleje a lo vivo,
en sus cuchilladas a ciegas, sólo les quedará, pasado un tiempo,
recoger la ceniza de sus huesos.
Es así.
Los rumores suelen dispararse al corazón del culpable con balas
de verdad para, luego, y solo si procede, ir reparando en lo
posible la herida al inocente, eso sí, entonando el mea culpa:
“Y yo qué sé, yo como iba a pensar…, si a mí me lo dijo el
Miguel, o la Pepa…”, aunque siempre recalcando aquello de: “pero
que si el río suena…”.
Salsa rosa, desde que el mundo es mundo.
Y un dicho que repiten a menudo y como una oración al santo que
más profesan todos los que no pudieron evitar sus garras: “Antes
te arrolle un tren que una lengua sucia”.
Juan Risueño Lorente