ESTO ES LO QUE HAY
“Esto
es lo que hay”, nos dicen nuestros hijos a la cara,
frase que estamos hartos de oírsela a unos y a otros. Y
bien, qué podemos hacer, pues eso, nada, si hoy es esto
lo que hay.
Somos
fieles a las costumbres, y las nuestras, las de los
cincuentones o sesentones, eran otras y bien distintas.
Las nuestras, principalmente, era casarnos y, a ser
posible, como “Dios manda”.
Solíamos ponernos novios entre vueltas y más vueltas
desde la Lozano a Cuatro Caminos, con parada obligada en
el Paseo. Debíamos hablar con el padre. Y si todo iba
bien aguantar unos cuantos años –a veces muchos- paseo
tras paseo por el susodicho itinerario, unas veces
acompañados de los yeyés de Rusillo o María, de las
cañas de Piñero, Los Juanes o el Imperial, o de un banco
del paseo, y para los calentones las últimas filas del
cine de un día particular a hurgar bajo la chaqueta, o
la mesa camilla, eso para los que no tenían coche. Y
mientras tanto los padres, unos apañando a sus hijas el
ajuar, y los otros a sus hijos la vivienda. Luego los
muebles, que si la novia pone estos y el novio aquellos.
Hasta casarles y decirles con la enorme satisfacción del
deber cumplido: Andad con Dios, ya está bien, buscaros la
vida como hicimos nosotros.
La
vida fue cambiando y con ello llegaron los matices. Los
padres que no podían estirar de todo dejaban a los
novios a los pies de los caballos con la “obligación” de
meterse como todo el mundo en vivienda, muebles, etc…, y
entramparse hasta las orejas y por bastantes años. Pero
había trabajo, y todavía se podía salir adelante.
Hoy el
panorama es distinto, y es lógico que nos cueste
aceptarlo. Hoy no está la vida para casarse. Y la
mentalidad es otra. Hoy una pareja tiene delante un muro
que no lo salta y menos derriba el trabajo ni la
voluntad porque en general no hay ni lo uno ni lo otro.
Hoy
las costumbres establecidas son un panfleto que sirve si
acaso para que se limpien el trasero los abuelillos -o
sea, nosotros-.
La
sumisión arraigada y su creencia a pies juntillas –ese
canon que lucíamos con orgullo- ha dado paso a una
libertad muy bien entendida, libertad que a muchos nos
hace pensar si no hemos sido unos tontos de los cojones
–con perdón-.
Pero
nuestro castillo sigue intacto. Nuestras ideas no son de
las que se corrompen fácilmente. Y no lo digo porque
sean las buenas, sino porque no tenemos otras, ni ganas.
Hoy el
amor solo es amor, y está ajeno a otras razones. Y eso
es lo que sí, y para bien, ha cambiado.
La
vida sigue con paso firme hacia adelante, nos guste así
o no nos guste. Y que yo recuerde nosotros tampoco
pensábamos igual que nuestros padres -las circunstancias
que, como siempre, tiran al frente de lo que hay-.
Hoy el
amor nace y cada vez menos se hace –no sean mal
pensados-. Como debe ser. Y así, el que se rompe, el que
no aguanta, no tiene ningún sentido, que así es como
debería haber sido siempre. Amor y cariño hoy no se
complementan. Hoy nadie es de nadie. Hoy los jóvenes lo
saben y los que aman a conciencia lo hacen con la
lección muy bien aprendida.
Juan Risueño Lorente