LOS pinganillos  se han adueñado de los oídos. Como lo oyen, oiga. No tiene usted nada más que salir a la calle y observar a las personas que pasean o que corren por la calle con las oídos taponados por los pinganillos. No he hecho una estadística todavía pero me atrevería a avanzar que aproximadamente el 50 por ciento de la población va con un pinganillo en la oreja, bien oyendo la radio, bien escuchando música a través el 'emepé tres' o bien hablando por teléfono. Es la era de los pinganillos. Si no tienes un pinganillo, no eres nadie. Antes sólo los llevaban los guardaespaldas y los que era un poco duros de oído, pero ahora los lleva todo el mundo. Los hay que los llevan muy normalitos pero los hay que los prefieren tan aerodinámicos que parece que llevan un plátano en la oreja.

A mí, que quieren que les diga, no me gustan los pinganillos. Me gusta oír el ruido ambiente, la pitorrá del conductor cabreado, el piar de las cotorras que hay en las palmeras de La Herradura o el altavoz del tapicero anunciando que ha llegado y que arregla toda clase de sofás. Además, como soy un recolector de palabras, si voy con pinganillo -alguna vez lo he intentado, pero me lo he tenido que quitar enseguida- me pierdo, por ejemplo, la frase tan cojonuda que el otro día le dijo en la playa una madre a su hija que se estaba bañando: «¿Yenifer! ¿Ven acá p'acá! ¿Te he dicho 'sientos' de millones de 'veses' que no te metas por lo jondo!»

Aunque a mí, de todos los adelantos modernos que se han inventado, el que más me gusta es el 'blutú'. Es una pasada ¿Qué no saben lo que es el 'blutú'? Pues es un sistema por el cual puede hablar mientras vas conduciendo sin necesidad de coger el teléfono. También lo llaman el 'manos libres', pero en esto de la informática se impone el inglés. El problema es que lo que tu oyes lo puede oír cualquiera que vaya en el coche. Así te expones a lo que le pasó a mi colega Antonio Burgos y que contó el otro día en el ABC. Iba en el coche a la playa con sus cuñados cuando le llamó su íntimo amigo Manolo:

-No veas lo pesada que es tu cuñada Esperanza. Hasta las tres de la mañana estuvo la tía contándonos el coñazo de los niños que han vuelto del curso de inglés de Escocia. Tu cuñada es más pesada que una vaca en brazos.

Y la cuñada en asiento de atrás del coche oyéndolo todo. Y mi colega Antonio intentando que su amigo no siguiera hablando, pero el Manolo dale que te pego:

-Como que si me entero que a esa cena va Esperanza enseguida voy yo. Y prontito me va a coger a mi otra vez esa tía por banda.

Hasta que Antonio no tuvo más remedio que callar la boca de su amigo diciéndole:

-Pues mira, Manolo, Esperanza te tiene a ti mucha simpatía. Espérate, que vamos todos en el coche camino de la playa y te va a saludar ella misma.

El saludo, a través del 'blutú', fue:

-¿Vete a la mierda, Manolo!