DE LAS LENGUAS ESPAÑOLAS                       por JORGE SÁNCHEZ SIMÓN

 

Hace pocos días aparecía un comentario en este diario digital que me causaba estupor y pena ante las ideas que se expresaban. Se criticaba desde sus líneas una supuesta introducción o invasión de términos y palabras en los medios de comunicación nacionales de otras lenguas españolas distintas al castellano, o español, términos que designan una misma lengua y que pueden utilizarse indistintamente.

Con todo su afán divulgativo el autor se quejaba y se hallaba harto de la presencia de estas palabras, tratándolas de bárbaras y molestas a su oído.

Para hacerlo nos lo argumentaba con ejemplos tales como nombres de persona o de lugares escritos en su idioma.

Mire usted cada persona posee un nombre propio el cual aparece en el Documento Nacional de Identidad y que le es intransferible. No puede ser manipulable en el sentido de traducible pues perdería el sentido de su identificación. La mayoría de los nombres que argumentan proceden del catalán, del gallego o del vascuence. Los nombres Carles, Carme, Xurxo, Iñaki o Gorka no son caprichos de los nombrados, ni un ataque y provocación de éstos hacia la cultura “española”. Son simplemente sus nombres y apellidos oficiales y por tanto deben ser expuestos en su integridad en los medios de comunicación cualesquiera sean su naturaleza, de ámbito regional o estatal. En toda esta crítica hay un sentimiento subyacente de rencor, por llamarlo así, hacía la diversidad de las lenguas habladas en España. Precisamente los nombres con los que argumentan son escritos en lenguas españolas y no extranjeras. Creo que existe una cierta manía a estas lenguas, que son patrimonio nuestro, y motivo de enorgullecimiento de nuestra patria, y una preferencia a lenguas extranjeras, que no por ello son menos interesantes y respetables.

Me viene a cuento el caso de aquella situación ocurrida en el programa de Televisión Española “Tengo una pregunta para usted” en el que Josep Lluis Carod Rovira, personaje con el cual discrepo completamente en el plano ideológico y en su concepción de la idea de España, tenía razón. Un interlocutor se dirigió a él nombrándolo en español y éste le pidió que lo hiciese correctamente en su idioma. El interlocutor, en lugar de enmendar lo que podría haber sido un despiste lógico de uso lingüístico echó mano de su cabezonería y siguió llamándolo con un nombre que, aunque parecido, no era el suyo. Rovira después se quejaba de que los españoles hubiésemos aprendido a decir Schwarzenegger y no Josep Lluis. Y tenía razón. ¿O bien queremos escuchar “Miguel, hijo de Jaime” en lugar de Michael Jackson o “Miguelito Campo Viejo” en vez de Mike Olfield?

Luego, el autor de su artículo cogía el asunto de los topónimos. Aquí si que tiene razón pues los medios que sean escritos, radiados o televisados para un ámbito nacional si deben estar en español, que es la lengua común. A pesar de todo no están ni obligados ni entrarían en error al nombrarlos en sus nombres.

Para concluir quiero dejar claro que las lenguas son instrumento de comunicación, de entendimiento, de forma de ver el mundo y de acercamiento y que su mal uso, ya sea desde posturas nacionalistas separatistas como de intransigencias centralistas, desvirtúan su sentido y no aprovechan la oportunidad que nos ofrecen en un mundo cada vez más cercano. Aprovechemos pues para aprenderlas y que sean un instrumento de progreso en un momento de vacas flacas y serias dificultades.

Una gran nación no se compone de una lengua flaca, cerrada y obtusa, sino de una lengua como el español que lidera un crecimiento espectacular en el mundo, que nos representa y que además se acompaña por otras lenguas y dialectos que nos proporcionan diversidad, riqueza y conocimiento.