CUANDO NO HAY NO HAY
Hay palabras bonitas que quedan muy bien en los discursos, mucho
más en las promesas, dan fe de una larga lista de convenientes
decisiones, de enérgicas intenciones, el problema es que tardan,
y tardan mucho, tardan demasiado, o no se realizan, porque hay
que entender que cuando no hay pues no hay.
Recuerdo que de pequeño –de pequeño, de mediano y de grande- en
alguna mala racha económica y ante algún capricho o necesidad
esa era la frase que me espetaba mi madre a pesar de su buena
voluntad: “hijo mío, es que ahora no hay”.
Ésta crisis, que empezó en lo más alto, cayó pesada como una
enorme plancha de plomo a lo más bajo -sin detenerse arriba
demasiado- dejando a la mayoría atrapados del suelo para abajo.
Y desde ahí, a dos velas, piden ayuda a los privilegiados de
afuera, privilegiados que se van mirando uno a otro subiendo de
cargo hasta que queda sólo uno. Uno que no tiene otra opción que
discursear, esbozar promesas, eso sí plagadas de palabras
bonitas, rellenas de inminentes decisiones, enmarcadas de
tupidas intenciones, para al fin acabar diciéndose, aunque para
sí, esa frase que también me decía mi madre.
Juan Risueño Lorente