Calzoncillos limpios

 ANDRÉS CÁRDENAS MUÑOZ

NO sabíamos el por qué nuestras progenitoras siempre que salíamos de viaje nos conminaban a cambiarnos de calzoncillos.
Un día se lo pregunté a mi madre.
-Porque hay que ir limpios por la vida y por si te pasa algo -me contestó.
¿Por si me pasaba algo? ¿Qué me iba a pasar? ¿Acaso los calzoncillos limpios me podían librar de algún maleficio?
Luego comprendí que el temor de muchas madres de aquella generación de los niños de los cincuenta consistía en que teníamos que llevar impoluta la ropa interior por si teníamos un accidente y alguien tenía que auscultarnos. Nuestra higiene, a pesar de la falta de agua corriente en las casa, era algo que preocupaba mucho a nuestras progenitoras, hasta el punto de pensar que debíamos parecer limpios en cualquier situación, incluso -¡Dios no lo quisiera!- en la camilla de un hospital.


Más tarde supimos que los calzoncillos se llamaban 'braslips' y aparecieron los grifos y las duchas en las viviendas. Pero la preocupación por nuestras madres seguía siendo la misma, sobre todo cuando íbamos a jugar al fútbol y teníamos que desnudarnos en los vestuarios.
-¿Te has puestos 'braslips' limpios? -nos preguntaba nuestra madre siempre que íbamos a practicar el balompié.


Ahora, como digo, creo que entiendo aquella preocupación. A ellas se les caería la cara de vergüenza si alguien podía ver restos de caca en una prenda tan íntima. Por lo menos antes había mucho más pudor y decencia. Hoy cualquiera puede ir muy limpio por fuera pero muy sucio por dentro. Me estoy refiriendo en concreto a ese mundo del fútbol en el que muchos ejecutivos que lo controlan van por la vida de limpios, pero a menos que se desnuden en un vestuario vemos que llevan los calzoncillos llenos de mierda.


Hace unos días saltó a la prensa el caso de esos dirigentes balompédicos que amañaron el partido entre el Málaga y el Tenerife y que hizo al equipo andaluz estar en primera a cambio de unos millones que recibieron los de la isla por dejarse ganar. Aquí nunca sabremos lo que pasó en aquel partido en el que el Granada -que jugaba contra el Murcia- no pudo subir de categoría debido al incomprensible bajonazo en el rendimiento de nuestros jugadores en el segundo tiempo. La rumorología llegó a apuntar a que en el descanso los futbolistas fueron drogados.


Pero en este mundo de deporte rey nadie se atreve a investigar para tratar de evitar las fechorías que se cometen fuera de los terrenos de juego. Los escándalos, cuando salen a la luz como el del Tenerife, casi nunca pasan de ocupar unos espacios en la prensa. Luego se olvidan y se tapan. En Italia y Francia se ha llegado a la conclusión de que la compra de un partido es una estafa de primer orden y hace dimitir hasta antiguos ministros, pero aquí seguimos haciendo la vista gorda porque a nadie le interesa tirar de la manta. La Justicia se lo deja a la Federación, pero la Federación jamás tratará de evitar tanto mamoneo. Por eso casi todos los delitos quedan impunes. Cuando a algunos les pilla con los calzoncillos sucios, les dan la vuelta porque no les importa que la gente vea la mierda. Ya no hay pudor, y mucho menos, vergüenza.