ÁNIMO, JUAN
En todo matrimonio,
salvados los días de vino y rosas, si las cañas se
vuelven lanzas. comienza el guirigay.
Abordo este tema,
peliagudo, sabiendo que debo andar metro en mano para
medir con exactitud las palabras, pero muy consciente
debido a la situación de un buen amigo, de un buen
hombre al que le está perjudicando precisamente eso: ser
un hombre.
He de decir que
estoy a favor de que una mujer tenga los mismos derechos
laborales y humanos que un hombre.
Dicho esto, y
yendo, entre tantos, al mínimo tema que me ocupa,
pregunto:
Si las mujeres
abogan por la igualdad ¿por qué algunas leyes las
protegen y esas mismas leyes al hombre lo maltratan?
Ojo, no voy a hablar de maltratadores/as, de
violentos/as, de asesinos/as, esos, todos a pudrirse en
la cárcel, sino de personas sencillas, normales, que
afrontan una dolorosa separación y con una desigualdad
terrorífica en función del sexo.
Pregunto:
¿Por qué una mujer
haciendo una simple llamada de teléfono diciendo que su
marido la acosa, o le grita, o la maltrata, sin
necesidad de prueba alguna, sólo palabra contra palabra,
logra que su marido esté al menos una noche entre rejas?
¿Qué mierda de ley es esa? ¿Dónde está la presunción de
inocencia? ¿Cuántas mujeres han pisado la cárcel una
noche por el mismo motivo?
Pasar una noche
presa como un animal es lo que necesitarían algunas
señoras que fingen ser víctimas para refugiarse en
esa ley, que la usan mintiendo a su capricho.
Juan Risueño
Lorente