REY LEÓN
A mí, desde pequeño, me enseñaron mis padres a ser
persona, a mirar al frente y a dar la cara –ha habido
lugares donde no la he dado, ni la doy, pocos es cierto,
pero sólo porque previamente me la han partido,
metafóricamente hablando-, a
ir por la vida con la verdad que uno tiene y su modo de
contarla, a ser tolerante, a ir dejando a los demás su
sitio, lugar inviolable al que cada cual tiene derecho.
Bien.
En la vida hay momentos de todo tipo. Si cualquiera
echara la vista atrás encontrará de todo, desde lo
sublime a lo más infame, momentos de júbilo y de
perpetuo arrepentimiento. Vería con toda claridad que
para santos no estamos destinados ninguno salvo que lo
malo no se piense, o no aparezca, o se logre barrer bajo
la alfombra. Y es que no se puede ir solo de bueno por
la vida porque esta te hace o te dice tonto.
La vida es dura y de duros forma su tropa de élite.
Otros López son los lugares donde ha de ir colocando al
resto. Y como somos muchos y ha de haber de todo queda
de consuelo de que el tiempo es el juez que le pone las
cosas en su sitio pero es que a veces tarda y la prisa
es pan de cada día y su tocino.
Maduros, solemos reflexionar sobre haberlo visto y
vivido todo, sobre los pocos secretos que nos quedan por
descubrir de lo único conocido de la existencia. Poco
creemos que nos sorprenda.
Pero hay.
Y como de lo bueno dicen que se escribe poco –yo añado
que nada- voy a hablar de lo malo malo lo peor a que un
ser humano puede estar expuesto: a perder su dignidad.
Creo, sin temor a equivocarme, que es el peor delito no
penado cometido contra uno mismo ya que logra un daño
irreparable.
Estamos viviendo momentos duros que
ponen a prueba –y de qué manera- nuestro aguante. Pero
incluso en los momentos más duros el hombre haya razones
para seguir llamándose persona, para seguir siendo digno
de llamarse persona.
La ética y la moral tienen su línea roja y saltársela a
la torera ya no permite el regreso porque sólo conduce a
la selva, a la selva del ser.
Juan Risueño Lorente