POLÍTICOS
Cuando
inicié mi andadura en ésta casa, no hace mucho, un par
de años, decidí que no hablaría con hondura de política.
No por miedo a alguna represalia (siempre habrá alguien
que se sienta ofendido) sino simplemente porque es un
oficio que no me interesa.
Ya me
ocurrió en la mili; una pirámide de mandos en el cuartel
in crescendo donde opinar sobre alguno de ellos o no
hacer lo militarmente correcto te llevaba a un juicio
sumarísimo y
a acatar lo decidido sin rechistar.
La
vida normal (quiero decir de la calle) es otra cosa, y
ya no me refiero a la vía legal donde la razón casi
siempre triunfa, sino a que en ella los temas a
dilucidar son persona a persona y sin ampararse en las
puñeteras influencias que pueda tener un cargo.
Yo a
ti, y tú a mí, nos decimos las verdades a la cara,
dejamos de hablarnos, y uno menos a la colección de
conocidos o amigos.
Y ya
está. Pues no.
Los
políticos, y ante una afrenta, no se conformarían con la
pelea oral o escrita sino que luego porfiarían en borrar
tu nombre hasta del libro de familia por ese ahora te
vas a enterar de quién soy yo.
Una
persona normal, de a pie, que no le apetezca tan
desigual tú a tú, y en un terreno que tampoco es su
lugar de esparcimiento, prefiere ignorarlos
(relativamente, claro).
La
democracia acoge a demasiados políticos gallitos o anti
demócratas y su mal entendida influencia a demasiadas
personas infelices.