Es verdad que escribir esperanza no es
tarea fácil, más en papel humedecido donde abrevan
demasiados deseos, demasiadas necesidades básicas y
urgentes, que desgarraría, más si cabe, su
frágil estamento.
Su sentido hurga en el futuro desde las
galerías del aciago presente, desde interiores de
miradas que humean, desde subterráneos de rostros que
palidecen vencidos.
Esperanza ha sido una voz ajena y fría,
cubierta del invierno de haberlo tenido todo, una
palabra que no servía para nada, una palabra sin voz,
paciente silencio de ojos abiertos y ciegos.
Yo también soy de los que he vivido tras
los muros de cristal y cemento arregostado a penumbras
que disfrazaron de poder a los cuerpos invisibles. De
los que he vivido de la mano de un otoño que simulaba
ser verano. Del ser a la sombra del aire, incluso de su
propia palabra.
Y despierta esperanza amanecida, como el
amor a mirar qué somos, a ofrecernos su despertar tañido
de versos y raíces nuevas del día a día, su llamear
distinto en lo que ya no tiene razón de ser aunque haya
copado buena parte de nuestra vida.
Esperanza es una palabra inexplicable
pero también incandescente. Su insistencia en vivir
construye figuras de la vida rota. Figuras de lo
aprovechable, figuras con sentido y camino. Aves Fénix
de un pasado ennegrecido.
Llámese esperanza, además, a levantar los
brazos y la mirada, a desnudar el horizonte, a caminar
de nuevo y en lo que sea.
Juan Risueño Lorente