Juan Garrido Gómez , pregonero oficial de 2011
llegaba a la Casa Consistorial hacia las 9.25 y era
recibido por Simona Villar y miembros de la Corporación
para, después de ser presentado por la alcaldesa
pronunciar el pregón de Fiestas.
Reportaje fotográfico
Texto del Pregón
Amigos,
familiares, paisanos, bailenenses de nacimiento o de corazón,
buenas y calurosas noches y gracias por compartir este momento
tan especial conmigo, en el que debo pregonar, como bien mandado
que soy, el inicio de las fiestas de nuestro pueblo.
Agradecer a
mi presentadora, Simona Villar, quien fue mi profesora de inglés
antaño, su invitación en primer lugar para ocupar este puesto,
la confianza que ha depositado en mí para desempeñar este cargo
de pregonero, y por la cariñosa presentación con la que me ha
honrado.
El 2 Junio
del presente, aterrizo en Madrid procedente de China y encuentro
una serie de llamadas perdidas procedentes de un número
desconocido para mí por entonces. Seguro que es algún paciente
desesperado, algún amigo que ha perdido su móvil, o de alguna
tía lejana a la que le duele algo, pensé en aquel momento. Tenía
decenas de llamadas que hacer después de dos semanas en el
exilio oriental y no se me ocurrió devolver aquella llamada que
tuvo más repercusión en mi persona de la que yo me esperaba.
Al día
siguiente, cuando aún sufría los efectos del jet lag,
volvió a sonar el móvil con aquél número desconocido. Soy
Simona, enhorabuena por tu reciente matrimonio, te llamo porque
tengo que proponerte algo, algo muy significativo para mí, algo
en lo que pensé cuando estaba preparando mi candidatura para ser
alcaldesa. Sinceramente, pensé que sería una cena de la
promoción de alumnos a los que nos dio clase, o un reencuentro
con viejos amigos, o simplemente una llamada de felicitación por
mi nuevo estado civil. El adormecimiento que en ese momento
nublaba mi conciencia desapareció, una mezcla de alegría,
nostalgia e ilusión se apoderó de mí cuando escuché su
propuesta. El sí fue rotundo, sin titubeos, sin dilaciones, sin
silencios.
SÍ, ACEPTO,
seré el pregonero, pero eso es para gente importante y más
mayor, le dije yo, ¿estás segura?.
Ni siquiera
insistió, sabía que lo haría. Eres el pregonero más joven que va
a subir al balcón de este ayuntamiento desde hace años - me
dijo.
Yo le dije:
Simona no me considero un gran orador, incluso puedo parecer
algo tímido en algunas situaciones, pero si crees que debo de
ocupar ese puesto, allí estaré.
Y aquí estoy
paisanos, encantado de compartir con todos esta calurosa noche
de verano típica de las fiestas de nuestro pueblo en compañía de
la gente que ha modelado mis raíces.
Me niego a
que este pregón quede en nuestro recuerdo como aquel que recitó
aquel empollón que ahora es médico, o del chaval este joven que
no sabemos muy bien por qué fue pregonero o este que es hijo del
municipal y de la que trabajaba en lo del paro, o del que venía
de Granada.
No amigos,
no.
Este pregón
tiene que quedar en la memoria como el pregón de la ILUSIÓN.
Cierto, el
pregón de la ilusión. Para mí lo más importante que puede tener
una persona es ilusión, porque la ilusión nos llevar a soñar, y
esto nos mueve a luchar por alcanzar nuestro sueño. La ilusión
nos hacía ir al colegio, ir al instituto todas las mañanas para
alcanzar algún día la Universidad. La ilusión me hacía lijar en
la carpintería, me ayudaba a pasar 20 horas estudiando al día
para aprobar mis exámenes y llegar a ser un gran profesional. La
ilusión, señores, nos hace salvar una vida cuando parece que
todo está perdido.
La ilusión,
paisanos, es el motor fundamental de nuestras vidas y el
alimento que nutre nuestras almas.
Esta frase no
es copiada de ningún texto, es la conclusión que obtengo después
de intentar apaciguar o calmar a diario la agonía humana.
Hace
aproximadamente unos 30 años, mi padre y mi abuelo venían en
bicicleta desde un pueblo cercano a este a trabajar. Mi madre
vino desde Mengíbar con mis abuelos también a buscar trabajo en
una época de dificultad y escasez como la que ahora nos ahoga.
Fue Bailén el pueblo que los acogió con cariño, donde fundaron
los pilares de nuestra familia y donde, unos años más tarde se
inició mi andadura. A lo largo de mis 28 años de vida, lo que
siempre me inculcaron las personas que me criaron, Tomás y
Rufina y Juan y Caty es que hay que luchar, hay que trabajar y
hay que trabajar muy duro para alcanzar lo que uno quiere. Y
mucha razón que llevaban, cada día lo voy entiendo más. Sin
sacrificio ninguna persona sabe valorar lo que consigue. Ahora
vecinos, nos tenemos que sacrificar, tenemos que seguir luchando
y tenemos que proyectar hacia el futuro con el mismo entusiasmo
que lo hacían nuestros antepasados para resolver esta situación.
También es
cierto que los tiempos han cambiado, los jóvenes también lo
hemos hecho. Antaño el tour de Francia que ahogaba mis tardes de
verano ahora lo sustituyen los programas de telebasura con gente
que no habla sino grita, que no es comedida ni educada sino todo
lo contrario. Además, la era digital ha sustituido a aquellos
entretenidos teatros de marionetas de PENEQUE EL VALIENTE que
me entusiasmaban y que me hacían recorrer las calles de Bailén
con la alegría de un niño cogido de la mano de su querido
abuelo.
Ya no nos
hace ilusión una simple nube de azúcar, o tirarle con la
escopetita de plomos a los palillos de dientes para llevarnos el
premio, ahora está de moda el iphone, la nintendo y quedan
aparcados los trompos, los balones, aquel útil tejo que siempre
nos socorría de una aburrida tarde de verano.
Creo que ya
pocas cosas de las de antes nos hacen ilusión ahora. Fíjense,
que cuando yo era pequeño preconizaba que se acercaban las
fiestas de Julio por el día de San Juan. Inolvidables aquellos
años porque el regalo por mi santoral era fijo año tras año,
nada de psp, nintendos u otro aparatitos electrónicos. Sino una
preciosa, magnífica y estupenda PISTOLITA DE AGUA para refrescar
a todos los presentes a mi alrededor. ¡¡¡Con eso era yo feliz
fíjense ustedes¡¡¡. Pero era más feliz cuando iba y le
preguntaba a mi abuelo Tomás que cuánto quedaba para las fiestas
de los soldaos, y me decía: ¡¡¡anda granuja para aumentar el
polvorín de armas¡¡¡. Y así era, primer día de feria, una
pistolita nueva.
Qué tiempos
tan maravillosos, en los que uno vivía en la felicidad que
proporciona la ignorancia de la infancia y la sencillez de la
pobreza material. Porque como dice el anuncio no es más rico el
que más tiene sino el que menos necesita, aunque a veces nos
empeñamos en no terminar de aplicar bien los términos.
Si chavales,
todo eso ocurría en mi época y en la de muchos asistentes que
andan por allí detrás sonriendo. Fijaos, en mi época el tan
conocido mercadillo lo ponían en la calle Parada, había un pub
al lado de la estación de autobuses que se llamaba el PICOCO y
una discoteca que se llamaba PIGMALION donde no nos dejaban
entrar porque no teníamos 16 años. Teníamos un cine aquí al
lado, no hacía falta ir a Linares, y hasta había un cine de
verano donde mis padres nos llevaban con un táper lleno de
bocadillos para que viéramos una película sentados en unas
sillas horrorosas, y si me portaba bien y no me peleaba con mis
hermanas hasta alguna vez me alquilaban una película en formato
beta de Narciso. Miles de inolvidables recuerdos que nunca se
van a borrar de mi mente y que gracias a estar hoy aquí puedo
compartir con vosotros.
Aún recuerdo
la primera vez que me tomé una cerveza con mis amigos Antonio
Cabrera, Jose Alcalá y Eduardo Tejada. Con 13 años llegamos a
Piñero y le dijimos, piñero: Tres cañas con tres hamburguesas,
pero de las grandes eh…bueno por aquella época no, pero hoy por
hoy seguro que algún psiquiatra conservador me hubiese tachado
de alcohólico precoz o de trastorno antisocial de personalidad
por tomar cerveza con esa edad.
Nosotros
somos de los pocos jóvenes que hemos podido disfrutar esta
época, éramos felices con muy poco, casi igual de faltones que
en la actualidad, pero la diferencia era que si nos daban un
cachete (y perdonen por la expresión) hasta agachábamos la
cabeza y pedíamos perdón, porque si no la recompensa en casa
ascendía al doble.
Tengo que
decir algo, aunque me prometí a mi mismo no hacerlo por si me
iba esposado del ayuntamiento, mis primeros pinitos como
cirujano los hice con mi amigo Eduardo Tejada con el que
compartía tardes muy laboriosas despedazando todo tipo de
animales, nuestra cartera de servicios iba desde la sencilla
tarea de pelar y limpiar pajarillos hasta la ardua labor de
darle algún pescozón a un conejo para luego deleitarnos con su
anatomía y su degustación. Si, lo reconozco, me lo pasaba muy
muy bien. Aunque ahora cuando llamo a Eduardo para comentarle
alguna duda anatómica, directamente se ríe y me cuelga el
teléfono porque dice que se marea.
Creo que me
estoy yendo un poco de la petición de la señora alcaldesa para
pregonar estas maravillosas fiestas, cosa que voy a empezar a
hacer cuando sea capaz de desintoxicar todos los recuerdos que
me quedan, tarea que voy a despachar aprovechando el encontrarme
en el balcón de nuestro ayuntamiento.
Es
obligatorio siempre acordarse de los que uno más quiere, por
tanto, tengo que empezar por mis padres, los responsables de que
yo sea de este caluroso pueblo, donde se fabrican o al menos se
fabricaban ladrillos a mansalva y donde mi padre, antes de ser
alguacil, los ordenaba cariñosamente en preciosos paquetitos y
no precisamente me refiero a envolverlos para regalo.
Obviamente, a
mi madre, que siempre ha sabido de qué pie cojeaba y qué vendaje
tenía que aplicar para que no cojease del otro. La pobre aguantó
muchos bochornos por un hijo un poco travieso y luchó a mi lado
para que nunca anduviese solo.
A mi mujer
que también lucha a mi lado, aguanta las noches de soledad
cuando estoy en el hospital y mi mutismo después de una dura
noche de guardia. Hoy me acompaña con muchísima ilusión. Es la
persona con la que comparto mi vida, mis ilusiones,
desilusiones, mis triunfos y mis derrotas (que también son
muchas) y que siempre me apoyó incondicionalmente para luchar
por mis sueños.
A mis
hermanas, porque siempre me dejaban un hueco para montarme con
ellas en los coches de choque. Con las que he tenido la gran
suerte de criarme y de madurar en los años de Universidad en
Granada.
A mi amigos
del alma, los que están y los que no están: Zafra, Cabrera, Jose
, Santamaría, Marichu, Elena, Manoli, Mari, Alfonso y a Eduardo,
amigos de la infancia, porque con ellos he compartido muchísimos
e inolvidables momentos y las mejores fiestas de Bailén, sin
duda, las que siempre recuerdo con añoranza desde otras tierras,
pero que conservo con el mayor cariño.
Creo que hay
que hacer mención especial a todas las personas que han hecho
posible que esté hoy aquí subido. Gracias a todas las personas
que confiaron en mí y que me dieron al menos una oportunidad
para demostrar algo en la vida.
Y puestos a
agradecer y no parecer tan cursi, gracias también a Paco del
Mesón Andaluz, porque casi nos ha criado entre sus cervezas,
sus tapas de morro y ese lomo al que le da un punto cojonudo.
Bromas aparte
y comenzando a finalizar mi pregón quiero contar una cosa que me
ocurrió hace aproximadamente unos 3 meses. Verónica, mi esposa
padecía una enfermedad renal y tuvo que ser intervenida por un
compañero del hospital. Antes de ser mi compañero en el
hospital, fué mi compañero de pupitre en la facultad de
Medicina, fue y es mi pareja de pádel, el mediocentro del equipo
de fútbol y el que cuenta los peores chistes del grupo de
amigos. Miguel Ángel, que así se llama el cirujano, me preguntó
que quién quería que la operase, y le contesté sin titubeos, que
él.
El día de la
intervención cuando se estaba lavando los brazos para comenzar
la cirugía ambos nos observábamos en silencio sin cruzar palabra
alguna, pero ambos sabíamos lo que pensábamos. Él me miraba por
encima de la mascarilla cuando la enfermera le ponía los
guantes, y me decía: Juan, quédate si quieres dentro, no hace
falta que te salgas del quirófano insisto. Obviamente hice caso
omiso, porque los que nos dedicamos a esto de la cirugía
sabemos, que aunque digamos que no, la presión afectiva nos
influye, sobre todo cuando él quiere tanto a mi mujer como yo.
Cuando el anestesista comenzaba a infundir la anestesia en las
venas de mi ser querido, y el sopor y la somnolencia tomaron las
riendas de su persona, tan sólo me acerqué a ella para darle un
beso y le dije: VERO TE QUEDAS EN LAS MEJORES MANOS.
Sra Villar,
Señor Olea, Señor Sanchiz, resto de concejales y resto de
componentes de los grupos de la oposición, queda en ustedes el
gran compromiso de rescatar a Bailén de esta profunda crisis
económica. No hace falta que lea sus curriculum para confiar en
ustedes, a muchos de ustedes les conozco de hace años, con
algunos de vosotros también compartí horas en las aulas. Les
dejó a una población enferma, mermada por la duradera crisis,
cansada y desilusionada por esta situación.
POR FAVOR no
nos DEFRAUDEN, nos jugamos mucho con sus decisiones.
Vecinos de
Bailén, familiares, amigos, paisanos y gente de a de pie, yo
creo que también les dejo en las mejores manos.
Quiero
finalizar mi discurso con una frase de Blaise Pascal que cuelga
de la puerta de mi taquilla: EL HOMBRE TIENE ILUSIONES COMO EL
PÁJARO TIENE ALAS. ESO ES LO QUE LO SOSTIENE.
Amigos
disfruten de estas fiestas conmemorativas a la batalla de Bailén
y sean felices.